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Un hombre de cuarzo

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Foto: Yomaira Grandett / EL TIEMPO

Crónica de observación
La crónica de observación es un género periodístico que se ubica en la categoría de periodismo literario o de lo cotidiano, en el que la descripción del detalle se constituye en el elemento principal del periodista y para ello se deben reproducir los hechos y las expresiones de los personajes tal como se producen. La siguiente crónica es un referente.

Por: Juan Felipe Garzón
IV Semestre Comunicación Social.
Grupo Reporteros Unisinú

Una gota de sudor recorre la cara de Pedro tras caminar horas en la arena, ya sentado en una silla blanca, un poco beige por el uso, mira con admiración el cielo que se junta con el mar en las playas de Coveñas, Sucre. Son las tres de la tarde y el sol decora las caras de las personas.

Pedro García, de 58 años, de piel gruesa y cabello corto, sabe que la vida no descansa, si se queda quieto, se lo lleva consigo, pero eso no le impide apreciarla, a pesar de que “ésta no siempre me haga buena cara.”, dice.
Pone en una mesa de madera su carga más valiosa: un canasto con una montaña de pulseras artesanales hechas con cuarzos pulidos, Cianita, Ámbar, Amatista y Cuarzo rosa, son algunos de ellos.

“Agarre con confianza, que si no quiere comprar no compra, pero al menos le echa una mirada”, dice mientras saca un mechero para disponerse a realizar una prueba de calidad a sus pulseras, para probar que los cuarzos no son plásticos; sus ojos reflejan lo orgulloso que está de su creación.

Su experiencia se percibe en las habilidades casi naturales de venta y regateo. “Gano el pan de cada día a punta de sudor, a veces ni como para llevarle algo a mi familia”, explica; y por los callos de sus manos se intuye que no solo ha sido artesano, por eso, un comentario al aire aparece: “sí, me ha tocado hacer de todo, lo que surja para tener platica, antes cargaba bultos.”
Habla como si su vida estuviera partida en dos, un pasado y un presente. “El SENA me ayudó a superarme, hace un tiempo hice un curso de artesanías donde me enseñaron a hacer todo lo que ve aquí, ahora yo mismo hago mis artesanías y las vendo”, porque sí, en su trabajo se puede ver cierto tecnicismo.

Se aleja un rato de su apreciada mercancía para comprar una bolsa de agua y saciar la sed que es causada por los rayos del sol, la arena y el agua salada; sus prendas con pequeños orificios se mueven fácilmente con ayuda de la brisa, cualquiera podría saber con solo ver su rostro que la vida no le ha sonreído siempre a Pedro.
Pero vuelve después de encontrarse y hablar por unos minutos con un extranjero desprevenido a recoger su canasto. Dice sonriente: “a éste se la clavo en 50”, saca a relucir sus habilidades y en poco tiempo le hace creer al comprador que obtuvo una gran oferta, incluso, que él salió perdiendo.

Y le vende en 50 mil pesos colombianos una pulsera de Ámbar y un llavero de tortuga hecho con algún tipo de acrílico. “La malicia indígena, joven, quien se duerme pierde.”, dice, y se podría pensar que él, Pedro, es el vivo retrato del dicho.
Regresa a la mesa de madera clavada en la arena e invita: “Coja las que más le gusten, se las dejo a 10, dos en 15 y las tobilleras 3 en 5.”, la naturalidad con la que vende su mercancía es de asombrarse, pero algo dentro de sí genera una reflexión: “la vida es así, tengo que llevar algo a la casa”, dice al saber que el día se acabó y algo tienen que comer sus cuatro hijos y su mujer y él.
Ya con el sol a punto de esconderse, casi agonizante, y con unas pocas luces de locales cercanos –en su mayoría bares– recoge su canasto, y se despide como si hubiera sido un amigo de toda la vida, como si esos callos y esas dificultades no existieran.
Y como velero se aleja movido por la brisa, dejando tras de sí una fila de huellas que se pierden en la progresiva oscuridad de la noche, sabiendo que mañana será otro día, otra nueva oportunidad y que esas pulseras de cuarzo serán su medio para retar a la vida, y burlarse en la cara de las dificultades que ésta le presenta.

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