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La educación de los dioses

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Por. Hermes Vargas Julio

El autor de Hamlet (Aldeano) de América nos esperaba puntual en la entrada. Estaba sencillamente vestido, acorde a los días caribeños, con sonrisa hospitalaria. Nos presentamos, al menos los que decidimos ir por voluntad propia a ese lugar que te trasladaba a otras épocas. Hugo Santander se mostró orgulloso al ver a sus estudiantes bajando uno a uno del autobús; los saludó con entusiasmo, guardando esa compostura que le caracteriza. Presentó a cada uno de sus estudiantes a los soldados de Infantería de Marina mientras nos abrochaban un brazalete en nuestras muñecas, distintivo de los visitantes. Hamlet, como suelo pensar en él por su obra, dijo: “Todos deben realizar buenas crónicas, al menos para empezar a publicar”.

Al iniciar el trayecto vimos un vehículo BTR – 90 Ruso, donde nos ofrecieron conocer el artefacto desde su interior; algunos optaron por entrar mientras otros se tomaron una foto.

Pasamos a la fuente, donde oservamos placas representativas de la historia de La Base de Entrenamiento de Infantería de Marina; se nos expuso el significado histórico de cada placa. Una reproducción en miniatura del Arco del Triunfo de París ostentaba ante si un rectángulo de aguas diáfanas y calmadas. Al agacharme en compañía de Marcela observamos una rana que parecía inmóvil. Marcela acercó su dedo a la ranita y esta se movió: algo relajante aunque parezca una experiencia insignificante”. El señor Hamlet acompañado de la profesora de socio-antropología se veían bastantes augustos, y pasaron bajo el arco como verdaderos triunfadores: puede que lo sean, al menos más adelante.

Continuamos el recorrido con un video en donde comprendimos las batallas llevadas a cabo durante la historia del País. Al terminar nos condujeron a una oficina que describía las etapas de admisión de los reclutas y exhibía algunas partes del equipamiento llevados por estos. La confianza del señor Hamlet en sus pupilos era evidente, todos estábamos atentos, con sonrisas y carcajeadas que contagiaban hasta al guía que nos explicaba la estructura de otra de las bases. Algunos estudiantes observaban las fotos de directores de la Institución, destacando a uno: “Este es igual a usted, profesor”. Todos reían, incluyendo al docente. Adriana, que hace parte del grupo de estudiantes, lo reafirma preguntándome: “¿Cierto que se parece?”. A lo que respondí con una risa de oreja a oreja: “sí, es verdad, son iguales”. Mientras observaba a Hamlet que se encontraba de frente, advertí que estaba concentrado en algo más: se sentía satisfecho con cada uno de sus educandos”.

El clímax fue ante una ametralladora montada ante una pared. Todos la disparamos.

Un cúmulo de experiencias bajo la mirada de dos responsable. No los analicé con detenimiento; ¿para qué hacerlo? si se podía obtener un conocimiento sobre la historia de hombres que son llamados héroes, pero que para mí representan más que una palabra que poco exalta el valor de los llamados por la historia, por el cambio y la cultura de un país. Recorrimos las instalaciones hasta que se decidió ir a la playa a comprender como se practica buceo; en realidad fue una oportunidad para la foto grupal, para la historia. Uno de los sucesos más reseñados de este “viaje” fue cuando decidí ir por mi cuenta al borde del puerto. He aquí donde sentí el afecto de este señor, cuando la preocupación le desbordó -o al menos yo lo sentí así-.  Él me dijo: “Hermes, no se suba ahí, cuidado se cae”. Yo, por mi parte vacilaba creyendo que aquel señor compartía mi “diversión”.

Hamlet y yo que tengo nombre de deidad caminamos juntos; hablamos  de mitología. “Soy un dios”, le dije, ”a mí no me pasa nada”.

“Los dioses son vanidosos, se ofenden cuando alguien se autoproclama deidad, ten cuidado con lo que dices”, dijo mi docente.  “Cómo así, ¿son vanidosos?” respondí con asombro.  “Sí; castigan a los que se autodenominan dioses”, respondió.

Justamente abrí mi cartera y el viento me arrebató un billete de diez mil pesos que se elevó hasta caer al mar. Todos carcajearon, incluso uno de los guías que había mantenido su compustura; creó que ese hombre era serio hasta con su pareja.

A lmorzamos entre charlas y risas apenas interrumpidas por el interrogante del menú; hasta nuestro amable conductor se sintió acogido. Antes de regresar al coche, Hamlet decidió llevar a algunos a una entrevista. Aquellos que no fuimos charlamos mientras observabamos con asombro la aparición de sombras variopintas entre los árboles de ese sol radiante.

 

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