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Un diseño sin perspectiva ni esperanza (Parte II)

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Foto: Maria Viggiani

Por: Grupo Reporteros Unisinú (*)

MONTERÍA

A los problemas de reubicación y cambio de oficio, como el de estar vendiendo inodoros, lavamanos y todo tipo de accesorios y repuestos de segunda para baños, en el mismo quiosco donde venden los libros, se suma el hecho de que el conocido Parque de los Libreros (antes Plaza Montería Moderna), no fue diseñado para la venta de libros. Ahora los vendedores se disputan los clientes y tienen que acudir a todo tipo de artificios para atraerlos.

El mal diseño del parque se manifiesta en: la difícil y complicada accesibilidad por parte de los compradores, la falta de equipamientos y servicios para los vendedores, como baños, restaurantes, y servicios públicos adecuados para hacer sus necesidades.

La situación de favorabilidad en la ubicación de las casetas ha generado conflictos entre los vendedores por cuanto algunos están estratégicamente mejor ubicados que otros.

Emel Suescul, de 50 años, quien ha invertido 12 años como librero, explica que “por la mala ubicación, el cliente para pasar del quiosco que está ubicado en la calle 36 hacia el centro de la plaza, que es donde están las otras casetas, es obligado porque no hay más entradas sino una y la dueña del puesto de la esquina se le para de frente al cliente quien, obligadamente, se le tiene que quedar ahí porque no lo dejan pasar”.

Sin embargo, uno de los sistemas utilizados entre los libreros para evitar conflictos es el del intercambio o “trueque”, como ellos le llaman, que consiste en comprarse entre ellos mismos el libro que le solicitan y en el momento no lo tienen, favoreciendo la venta del propietario original, por lo que el vendedor o intermediario aumenta el precio entre $ 1.000 y $2.000 pesos que representa su ganancia de comisión.

Otros deben sacar los caballetes o parrillas hasta el pretil para que los clientes los vean y compren los libros. Y, con mucha frecuencia, salen hasta afuera del parque, casi a la misma calle para traer a posibles clientes.

Germán Guzmán indica que “el cliente está por todas partes, me toca buscarlos saliendo al andén y también toca sacar la parrilla hasta un lugar visible”. Sin embargo, los libreros reconocen que ésta es una práctica penosa por cuanto a los clientes no les agrada que los obliguen a entrar al parque para comprar los libros.

La pobreza de la mano con la tecnología

Las escenas que se registran en el parque durante una jornada son dramáticas, parecen repetirse en una lucha constante por la sobrevivencia.  El desespero parece ser la compañera permanente de los libreros. Y no es para menos, Germán Guzmán asegura que: “a veces solo tengo 2 mil pesos que apenas alcanza para un plato de sopa y en ocasiones no tengo ni para comer y toca prestarle a la vecina”..

A su turno, Héctor Pérez afirma que “hay días en los que no le dejo dinero a mi esposa y lo poco que le dejo solo   alcanza para que me   haga un huevo con arroz”.

Para los libreros también los avances del nuevo siglo, con la llegada del internet, los ha perjudicado en las ventas.

Héctor Pérez explica que “las nuevas tecnologías nos han hecho un daño inmenso, pues antes cuando nos encontrábamos en la orilla del río Sinú nos ganábamos mensualmente hasta un millón de pesos, hoy en día tan solo nos ganamos entre mil y 5 mil pesos diarios, y cuando nos va mejor 11 mil pesos.”

Pero el Internet también ha traído otras repercusiones como es la falta de interés por la lectura entre los jóvenes.

 

Según los libreros, un problema paralelo al de la tecnología es el negocio que se da entre las instituciones educativas y las editoriales, consistente en que las editoriales ofrecen a las instituciones un paquete de libros con acceso a una plataforma virtual, de tal manera que el padre de familia se ve obligado a comprar el paquete completo cuya utilidad es solamente por el año escolar. El mismo libro puede conseguirse entre los libreros, pero no tienen el código (Chip) de acceso que viene únicamente para el parque de libros que adquiere el padre de familia.

“Un chip es como una clave, y si el libro no lleva eso el estudiante supuestamente no puede estudiar con el libro”, explica con aspecto enojado Emel Suescul, mientras se toma su segundo tinto de la mañana

“Te voy a ser sincero, desde que tengo la facilidad del teléfono no compro libros impresos, porque con el digital me evito el gasto económico, además mi situación no me da para comprarlos. Si no hay el libro que yo quiero en la internet lo alquilo o busco la forma de obtenerlo”, sostiene, Álvaro Rodríguez, un cliente de 60 años.

El que el libro impreso esté en crisis es un concepto que ha hecho carrera entre los libreros. “El libro impreso se está acabando, ya no se vende ni la tercera parte de lo que se vendía hacen dos años. El internet acabó con nosotros”, explica Miguel Pérez, mientras habla con una mirada cargada de ilusión, con la esperanza de que lleguen tiempos mejores.

Próxima entrega (III Parte): La Inseguridad y la indigencia se toma al parque

(*) Reporteros: grupo integrado por los estudiantes de Comunicación Social de la Universidad del Sinú-Elías Bechara Zainúm: Clara Benítez Álvarez, María Fernanda Chica García, María Paulina Viggianni Villadiego, Juliana Jiménez Gómez, Valeria Lozada Echeverri y José Gabriel Pinto. Editor: Ramiro Guzmán Arteaga.

 

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