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Las redes sociales y la crisis de la verdad

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Ramiro Guzmán Arteaga (*)

Hacia las cuatro de la tarde del lunes alguien soltó la noticia por las redes sociales de que un reconocido personaje de Montería había fallecido en la ciudad de Barranquilla víctima de un infarto. Entre los amigos y colegas periodistas la información se volvió viral, a punto que en un periódico local ya habían autorizado la publicación del obituario (aviso mortuorio) del difunto; pero la noticia resultó ser un virus de esos que mueren con el solo hecho de entrar en contacto con el ambiente, porque no había terminado de instalarse en las plataformas de las redes [la noticia], cuando ya venía la rectificación alcanzándose la información que era falsa, pues el personaje no había muerto.

Y es que nadie escapa [me incluyo] a tener que hacer una rectificación en este mundo del periodismo digital. Los ejemplos abundan en todas las direcciones. Una amiga y colega, muy inteligente y experimentada en la reportería, me contó que en cierta ocasión publicó una noticia, acompañada de fotografía, sobre la muerte de Thalía, finalmente tuvo que rectificar porque al fin y al cabo la cantante y actriz mexicana estaba más viva que nunca.

En parte, todo esto ocurre porque la opinión pública se voló la cerca e invadió, con la ayuda de los nuevos instrumentos de comunicación, al periodismo, a punto que está sustituyendo al reportero. Y lo grave no es solo que esto esté sucediendo, pues el avance de las comunicaciones le permite al ciudadano de a pie soltar información desde el lugar de los acontecimientos; esto es inevitable, el problema es que hoy difícilmente la noticia se confirma, el reportero, el que madrugaba a buscar la noticia de viva voz y cuerpo presente, el que corría en busca del peligro mientras los demás mortales huían de él, es una especie en vía de extinción. Y por eso la noticia ha quedado reducida a una simple información sensacionalista cargada de incertidumbres, de verdades a medias y en muchas ocasiones de mentiras. Pienso que a este ritmo a los periodistas nos iría mejor escribiendo novelas que escribiendo noticias; sería algo así como jugar  con la imaginación, lo probabilístico y la incertidumbre.

En el periodismo existe un principio, muy fundamentado en la filosofía, según el cual la verdad absoluta no existe, es relativa y circunstancial, porque lo que hoy es dado por cierto posteriormente puede transformarse, por muchas circunstancias, en mentira. Por citar un ejemplo, desde la química se afirmó que el átomo era indivisible, y luego se demostró que era divisible, de modo que la aseveración inicial fue vista posteriormente como un error, pero un error que resultó de situar un hecho en un período de tiempo que no se corresponde con la verdad que, en su momento, le fue propia.

Lo otro es que a una mentira se le pretenda mostrar, forzosamente, como una verdad, solo por conveniencias de tiempo, y por demostrar que se dio la noticia primero que los demás mortales para  ganar audiencia y lectores. No olvidemos que hora los periódicos digitales se disputan el número de divisitas para ofrecer la pauta publicitaria a las empresas, lo hacen sin tener en cuenta que las cifras, por muy altas y consoladoras que sean, no garantizan para nada el valor de la verdad ni de la credibilidad, pues hoy ya existen empresas que se ofrecen para incrementar ficticiamente el número de visitas a los periódicos digitales.

Lo otro es que la verdad absoluta y eterna no existe, es cierto, lo que hacemos cuando nos enfrentamos a un hecho es acercarnos al máximo, con buenas intenciones, y en forma honesta a la verdad. El problema es que con las redes sociales el periodismo se desbordó, la verdad entró en crisis, porque con ellas el síndrome de la chiva, el deseo desbordado de dar a conocer la noticia primero, y el desespero consolador de captar audiencia, permearon de mentiras los rincones de la ética, con consecuencias devastadoras en la opinión pública.

(*) Comunicador Social-Periodista, Mg. en educación.

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