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21 años de incertidumbre

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“Este es el relato de Jainer Tobón, un joven proveniente de El Bagre, Antioquia que se encuentra viviendo en la calle desde la muerte de sus seres queridos y que de 28 años que tiene, 21 han sido de duda y desasosiego”.

Por: Sarina Flórez
Ana Sofía Gracia
Jesús Kerguelén

MONTERIA.

Jainer Arturo Tobón González, es un hombre de piel morena y bronceada, con cabello un poco ‘electrificado’ por lo largo, crespo y sucio; tiene voz medio delgada, pero ante todo desgastada, una barba estilo Osama Bin Laden, y un rasgo característico en su rostro, sus grandes ojos marrones y sus pronunciadas pestañas. Él es un guerrero más del mundo callejero.

Desde los 7 años se encuentra viviendo en la calle y a partir de ese momento lo ha rodeado un futuro incierto e inseguro. Este joven de 28 años, oriundo de El Bagre, Antioquia, es el típico ejemplo de las personas que son “perseguidas por la desgracia”

“Estoy en la calle desde que mataron a la ‘cucha’ mía en El  Bagre”, menciona Jainer, mientras aguanta los cartones que tiene en el brazo izquierdo y que va recogiendo en cada espacio por el que camina.

Llegó a Montería traído por su abuela paterna y desde ese momento empieza la incertidumbre en la vida de Jainer.

La persecución de la desgracia

“Contaba con el ‘pae’ mío, pero él se me murió también”, comenta Jainer, luego de narrar lo de la pérdida de su madre. Asimismo, menciona que la mayoría de sus familiares están muertos, pues tiempo después de la muerte de su papá, la abuela paterna, quien era con la que vivía, en el barrio Rancho Grande de Montería, fallece. Era la tercera defunción que rodeaba la vida de Jainer en menos de  7 años.

De la familia de la abuela, se sabe que la mayoría vive en Magangué. En Montería sólo tiene a un hermano y una madrasta que viven en los edificios de La Gloria etapa 2, pero va esporádicamente, o simplemente no lo hace, ya que dice que desde que le mataron a su mamá, “no deja que nadie le ponga ni le monte cara”, como así lo manifiesta.

Jainer decidió emprender su camino solo. A causa de la soledad que había y aún existe en su vida, a los 14 años, tiene la osadía de ingresar a los grupos al margen de la ley. De ocho jóvenes que ingresaron, él es uno de los dos sobrevivientes. Todo lo hizo por desesperación, pues “ya estaba y me sentía solo”, sostiene Tobón, mientras mira los carros que pasan por la carrera tercera con calle 32.

Esa fue una experiencia que le marcó la vida a Jainer de una forma trágica, y no es por haber pertenecido a los grupos ilegales, sino por los balazos que recibió en el brazo izquierdo.

El hambre, la angustia y la desconcentración

Salió de los grupos izquierdistas, pero la angustia ya no era porque estaba en un peligro seguro, sino por la preocupación de dónde vivir y qué comer, esa incertidumbre de pensar si se acostaría con el estómago vacío, si se mojaba en caso de que lloviera, o si los rayos del sol lo penetraran fuertemente.

Gracias a las ganas de comer, Jainer consigue su alimento o al menos un pan, a través de los cartones que recoge diariamente y a toda hora, pero con varios inconvenientes, pues todo depende de cuántas cajas encuentre en la calle y si alcanza a llegar a tiempo a la cooperativa antes de que la cierren, explica mientras toca un recipiente metálico de basura que tiene al lado.

A pesar de tener la atención puesta en los entrevistadores, en la mirada de Jainer se observa el hambre y la desesperación, las cuales son manifestadas porque no se cansa de extender su vista para encontrar un cartón para reciclar.

Jainer tiene días medio buenos, regulares, y malos. En estos el vacío es inminente, pues no tiene nada en los bolsillos, ni en su estómago, además, no encuentra cartones, o al menos ninguna cantidad por la que le puedan pagar siquiera 100 pesos.

“Hay veces que me quedo dormido hasta tres días y luego me levanto”, cuenta Tobón, secándose el sudor que corre por su cara. Los cartones le dan para comer, pero aunque diga que todos los días, no es mentira que lo máximo que digiera sea un pan.

Duerme en el sitio donde se recogen cada noche la mayoría de los indigentes de Montería: debajo del puente. Un sitio desolado y habitado, donde corre el riesgo de ser asesinado, apedreado o herido, pero afrontando una situación que duele: el hambre.

Jainer no estudió mucho, sólo llegó a grado séptimo, pero sabe que su vida sería distinta si la violencia y la tragedia no hubiesen acabado con la tranquilidad de él y de su familia; y si su madre estuviera viva, la incertidumbre en la que vive desde los 7 años, no existiría.

(*) No es la persona mostrada en la fotografía.

 

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